Tuvimos el enorme placer de compartir una noche especial con Carlos Páez Vilaró en su casa de Tigre, donde se le realizó un homenaje al artista con la presentación del vino Ciclos Icono de la bodega el Esteco, que lleva en su etiqueta una de sus obras.
El artista Carlos Páez Vilaró nació en Montevideo, Uruguay, el 1º de noviembre de 1923. Marcado por una fuerte vocación artística partió en su juventud a Buenos Aires, a sus 90 años, abrió las puertas de su casa taller en Tigre para presentar la etiqueta que creó para el vino Ciclos Ícono de bodega El Esteco.
Con una edición limitada, desde Cafayate, la bodega salteña El Esteco, le rinde homenaje y tributo a este gran artista latinoamericano, teniendo la distinción de contar con una creación suya. El sol y la luna convocados en la botella.

Carlos Páez Vilaró decidió hacer Bengala, su casa taller en Tigre, Buenos Aires, a imagen de la célebre Casapueblo que construyó en Uruguay, su país natal, de la cual nos abre las puertas y nos recibe para hablar de él y de su más reciente incursión: la etiqueta de un vino.
Miles de anécdotas del artista, desde charlas con Picasso, Perón o el Che, comparaciones con Gaudí o incluso haber perdido y encontrado un hijo en la conocida tragedia de avión del equipo de rugby uruguayo en los ‘70.
“Esta especie de invasión de cariño que hoy recibo de ustedes no me la merezco, pero la acepto porque sé con qué afecto ha sido modelada”, expresó Paéz Vilaro “Para mí, dos detalles importantes que influyeron para recibir a El Esteco en esta casa son los símbolos. El símbolo de ellos es el ciclo, un ciclo entre la luna y el sol y son los símbolos que casualmente me han acompañado en toda una vida. La luna, cuando buscaba a mi hijo perdido en los Andes miraba la luna y era como un espejo en el cual lo veía a él reflejado. Y él del otro lado también se comunicaba conmigo y me decía que insista, que él estaba vivo. Y el sol es mi amigo más antiguo, todos los días cuando nace viene a saludarme, y a la tarde, cuando se va a iluminar otros sitios, viene a despedirse. Por eso la etiqueta que hice para El Esteco no es un sol entero, es un medio sol, porque es el medio sol que yo realmente aprecio y quiero, es el medio sol que parte a iluminar otros sitios, que va a llevar alegría a la bandera, a los que trabajan en el río, a los hospitales o en los presidios. Es el sol que anima la vida”
“Nací en una vieja casa de Montevideo, una casa antigua con el ruido de las carretas y caballos que pasaban por la puerta, bicicletas manejadas por mujeres con miriñaques. Un día tomé la decisión, me acerqué a la playa y pedí llegar a Buenos Aires, que era la perspectiva, esa tentación de los uruguayos que queríamos ser y no sabíamos cómo.
Cuando chico, mi madre me había regalado una valijita de cartón para llevar la merienda al colegio. Años después la busqué, la llené de pinceles, colores, papeles, cartulina y partí hacia la nada, viajé hacia el interrogante, porque siempre la búsqueda de lo inesperado fue lo que más me clasifica como hombre. Salir al camino, abrir puertas, toparme de golpe con la sorpresa, algunas tristes, como la que me tocó vivir en la cordillera de los Andes buscando un hijo mío perdido en un avión, o alegres, como esta de estar aquí haciendo este tipo de confesiones.”
Recordando sus primeros oficios, como “colocador de cabecitas de fósforos”, luego como impresor, lo que lo acercó a los grandes artistas del momento, o vendedor de velas.
Al referirse a su casa Bengala, recordó: “Esta casa es digna de Hemingway, se parece muchísimo a talleres que tuve en Camerún, en Nairobi, en Kuala Lumpur, en todo ese transitar mío por la vida del arte. Al habitarla me di cuenta que no podías vivir en ella, que era como una profanación, que había que quererla, cuidarla y acariciarla como si fuese una persona, para ponerla de vuelta en vigencia. Ahí me di el gusto de seguir modelando a mi estilo, propio de los hombres de campo. Yo no soy arquitecto, pido perdón a la arquitectura por mi libertad de hornero”.
“No me miren como a un hombre, mírenme como a un siglo, al momento de crear me nutro de la pasión, la pasión de seres de leyenda que pasaron por mi vida, 90 años son muchos años, estoy caminando sobre la huella de San Martín, parece mentira que Dios me dé la vitalidad para explicarlo. Pero esta mano es una alcancía en la cual están todas las manos de los personajes de leyenda que todos nosotros hemos visto en los titulares de los diarios pero que no los hemos podido tocar, están Perón, el Che Guevara, Fidel Castro, Discépolo, Dalí, Picasso y ahora ustedes.”
“No quiero que un homenaje a mis 90 años sea tomado como una despedida, Picasso me dijo que él pensaba en la muerte todos los días, pero yo al contrario, quiero vivir 100 años más, ya que tengo ganas de reencontrarme con esa valijita que me regaló mi vieja, volverla a llenar con colores y entonces entrar en el misterio. Quién sabe si no encuentro en el camino, nuevos murales para pintar.”
“No sé qué pasa que la sensibilidad se despierta cuando pido algo. Toda mi vida ha sido un trueque, lo digo con orgullo. Las maderas para la casa las conseguí por trueque en un barracón, hasta hubo quien me cambiara un cuadro por una ventana. Horacio Guarany me regaló la mesa, una especie de carretel de la luz. Tuve ayuda de todos y me siento feliz de haberlo logrado trocando mi arte, que es mucho más difícil que pagar con dinero. El dinero mío se transformó en algo espiritual. He cambiado una fruta por un cuadro y de repente he vendido un cuadro por una fortuna”.

“Mi arte está integrado a la gente. Siento que las grandes exposiciones son las que se montan en las ciudades, en medio de la calle, en posiciones generosas que son para el goce de lo general, no para el egoísmo de quien solamente tiene dinero para comprar un cuadro. Por eso yo he repartido con mis murales esa especie de lenguaje, como una frase llevada a la gente, sin esperar retribución alguna. Pinté presidios, hospitales, bancos, casas de cambio, escuelas, siempre pensando en la gente.
A 15 minutos de Punta del Este, ubicado en punta ballena se encuentra el Museo taller de Casapueblo, que funciona en el centro de la monumental construcción. Está abierto los 365 días, de sol a sol y anualmente es visitado por más de 60 mil turistas de todo el mundo. Este sector de Casapueblo fue cedido por su creador, el artista Carlos Páez Vilaró, con el deseo de incentivar el interés cultural de la región. Para ello cedió al Museo gran parte de su obra realizada en diferentes países en los últimos cincuenta años.

Con el paso del tiempo, el Museo-Taller de Casapueblo se ha convertido en un continuo centro de diálogo, recibiendo entre sus visitantes a personalidades vinculadas al arte y la política. En sus salas se realizan conferencias, presentaciones de libros y todo tipo de eventos relacionados con la cultura.
El estilo de construcción del Museo sigue la línea del resto de la casa, es decir, una arquitectura modelada, en lucha abierta con la línea recta y con concepto de horno de pan. Carlos Páez Vilaró, sin ser arquitecto, se inspiró en el hornero y en el hombre de campo que se vale del adobe para levantar su casa. También se percibe la influencia mediterránea en este estilo tan particular que caracteriza al maestro uruguayo.

“Bengala”, Casapueblo-Tigre
En la década del 80, Carlos Páez Vilaró se sintió atraído por una antiquísima casa de madera ubicada en la región de El Tigre, Argentina, que había sido instalada en el lugar en 1889, proveniente de Irlanda.
Absolutamente impresionado por aquella vivienda en abandono y por su maravilloso entorno selvático, no dudó en encarar el desafío y reanimarla para vivir en ella.
Paralelamente al reciclaje de la antigua casona y a pocos metros de ella, el artista comenzó la construcción de “Bengala”, su residencia-atelier de Argentina.
Al hacerlo, siguió el estilo de Casapueblo de Uruguay, es decir empleando su “arqui-textura”, modelada con concepto de horno de pan.
Entre frondosos árboles, araucarias, magnolias y vigorosas palmeras se ubica la casa principal. En cada ambiente el artista integró arcadas, recovecos, figuras africanas, murales en bronce, y pronunciadas cúpulas extendidas hacia el cielo, revestidas con cristales de colores.
Esta magnífica obra del artista es un baluarte de la arquitectura en uno de los barrios más pintorescos y nostálgicos de Buenos Aires.


