Recurriendo a nuestros antepasados, podemos encontrar en la sabiduría de muchas tribus indígenas algo para destacar. Poseían infinidad de rituales ante cada etapa de transición de la vida. Así, los pasos a la adolescencia, vida laboral, adultez, etapa de reproducción, de unión marital, y ancianidad sabia, estaban envueltos en rituales donde el atuendo, las pinturas, las danzas, la adoración a dioses, las ofrendas, etc.; eran parte de un contexto que marcaba el final de una etapa y el comienzo de otra.
En nuestros días, el “ritual” del casamiento (léase despedida de soltero/a, ceremonia religiosa del credo que fuera, acto civil, cena, fiesta, noche de bodas, luna de miel y cuanto detalle involucre), implica una “transición”. Recordemos que dos personas que provienen de familias distintas con sus códigos, experiencias, formas, estructuras, de un día para otro pasan a convivir juntos y eso es literalmente una “crisis”, en referencia a su etimología que significa “cambio”. Por lo que el casamiento y todo su contexto confiere un ritual de pasaje de una etapa de la vida a otra, y esto permite a los cónyuges ingresar provistos de un “rito de iniciación” a las nuevas épocas.
Es importante destacar que existe una escala, (la de Thomas Holmes) que muestra los principales eventos que pueden generar estrés a lo largo de nuestra vida y describe al casamiento como el séptimo factor generador de estrés de una escala de cuarenta y tres ítems. Como se puede apreciar, ocupa un lugar importante en cuanto a factores de sobrecarga y desgaste. El casamiento, entendido como ritual, es un verdadero amortiguador de tal impacto.
Hoy y como siempre, la sociedad ha evolucionado o al menos ha cambiado. Por ejemplo, la mujer posee un rol diferente. No se resigna a secundar al hombre, ni se embarca en sacrificios extremos a costa de su salud, lo cual es muy sano. Sin embargo, la pareja actual -a diferencia con la de una o dos generaciones atrás- posee un “as” debajo de la manga demasiado expuesto y lábil: la separación. Y esta es una solución que en general se pone en práctica rápidamente cuando existe muy baja tolerancia a los conflictos típicos en algunas etapas de la convivencia, como las primeras épocas de la vida conyugal, el advenimiento de los hijos, los acuerdos de crianza, la entrada en la vida social de los mismos (escuela) y la adolescencia.
Vivimos en una época dominada por la imagen, lo visual; internet es un buen ejemplo, o las problemáticas relacionadas con los desórdenes alimentarios. Se ha puesto la mirada en lo estético y se han dejado de “ver” los valores, que en realidad son los que nos sostienen. Es lo cotidiano, lo pequeño, lo que nos hace felices o aquello que desgasta a una pareja hasta el derrumbe. La pareja no es funcional cuando los malos momentos superan a los buenos, y de ese punto muchas veces no se puede regresar: se ha dañado considerablemente el vínculo.
La pareja: un espacio para sumar y crecer
En nuestro folklore popular, estamos acostumbrados a escuchar la expresión sobre lo que es estar en pareja como el haber encontrado nuestra “media naranja”. En mi opinión, nada más alejado de la realidad. Muchas parejas viven (o sobreviven) comportándose y obligándose a actuar como la otra mitad, aquello que la pareja exige o espera, porque uno sería la parte que falta y por lo tanto “debe” responder a la expectativa de su compañero/a. Es decir, si usamos la analogía de las naranjas, en todo caso cada uno es una naranja completa, cada uno es una persona entera en sí misma que ha decidido compartir la mayor cantidad de tiempo y espacio (no todo) de su vida con otra persona entera. Somos enteros con nuestras virtudes y vulnerabilidades. Por lo que se torna sumamente importante y enriquecedor poseer espacios personales que retroalimenten a su vez la vida de la pareja. Muchos descuidan sus otros roles de la vida (el rol de amigo, hermana, deportista, hijo, estudiante, etc.), por lo cual, la pareja transita lo que se denomina un “apego excesivo”.
Este apego genera cierta sensación de seguridad, pero a la vez, es un arma de doble filo, pues se comparte tanto que llega a poseer características netamente dependientes y cuando uno de ellos realiza una salida (de amigas, por ejemplo, o una despedida de soltera o un viaje), sobreviene una sensación de mucha inseguridad. Pues sin querer, ese apego excesivo generó control, sobreinformación y hasta sometimiento. De tal manera, pueden aparecer celos, reproches y un malestar que indica “no tolero no controlarte”. Quizás aquí ya entramos en el terreno de los celos y hasta de la desconfianza. Pero fue justamente esta renuncia excesiva de espacios individuales, la que derivó en “contratos implícitos” que ataron y no dieron la libertad necesaria para poder confiar, arriesgarse: no hay verdadero amor sin riesgos.
La pareja necesita cuatro condiciones básicas ineludibles: amor (afecto), intimidad (sexualidad y la extensa implicancia del término. No solo genitalidad), confianza y respeto. Sobre estas bases, luego se apoyarán otras áreas que dan lugar a la co-construcción de la pareja en sí, como la comunicación, la necesidad de admiración, la proyección conjunta, las tareas cotidianas compartidas, los momentos de sociabilización, etc. La co-construcción (de a dos) sólo es posible en el encuentro de dos voluntades, miradas y deseos de avanzar. Y hago hincapié en las cuatro necesidades básicas porque si a una mesa le falla o falta una de esas patas, la mesa tambalea y se desequilibra hasta caerse. Es decir, con el amor no basta.
En el consultorio escucho frases como “yo le tengo un amor incondicional…” Suena muy romántica, pero en la práctica no es así. Considero sano que el amor sea con condiciones: con la condición que me respetes, no me hieras, no mientas, me apoyes, tiremos juntos, etc. La lista estará formada por todos aquellos “acuerdos implícitos y explícitos” de cada pareja, aquello que les venga bien, que les sea funcional. El amor incondicional existe, pero está reservado para la relación entre padres e hijos y ese es otro tema.
Héroes y demonios
La pareja es un espacio muy particular, donde nos desnudamos literal y simbólicamente. Es donde nos permitimos mostrar nuestros mejores y también, peores aspectos. Paradójicamente es por esto mismo que puede ser un espacio transformador de uno mismo y por ende de la pareja, entendida esta última como un “nosotros”. Suelo escuchar en el consultorio que un miembro se queja del otro incesantemente. Sin embargo, aquí es donde está el punto de inflexión. Sería un buen punto de partida preguntarse ¿por qué ME molesta tanto esto? ¿qué tiene que ver conmigo? ¿qué siento frente a eso que me perturba? Es aquí donde muchos descubren sentirse desvalorizados, incomprendidos o subestimados, ya sea como interpretación errónea o certera. Estos hallazgos son más profundos y verdaderos, sobre los cuales se pueden implementar soluciones más eficaces, que andar expiando culpas, desembarazándose de responsabilidades y consecuentemente “atrincherándose” en contra de su compañero/a. Si constantemente pongo afuera el problema, no se está siendo parte de la solución del conflicto de pareja. Sencillamente, pongo en la mochila del otro la piedra que a mí me molesta y para algunos eso es más sencillo, pero como solución será fallida y perpetuable. Por eso hablo de que en la pareja se suma, cuando se asumen responsabilidades y cuando se adopta una posición autocrítica vital para la subsistencia conyugal. Se suma crecimiento, desarrollo de cada persona y eso es un gran aporte a la continuidad y a nuestra autoestima, todo en un circuito evolutivo que se alimenta así mismo.
Yo te elijo…
Básicamente, la pareja transita en forma diaria bajo una “elección cotidiana”. Como dice una terapeuta, “Uno se casa varias veces en la vida con la misma persona, … cuando la/o mira/o a los ojos y en silencio se dice: “Te sigo eligiendo”. Cada tanto, uno se reenamora, no como en los inicios, ni mucho menos esperar que el enamoramiento sea una etapa permanente. Nadie la resistiría. Pero cada tanto, cada uno puede hacer cosas, generar espacios, momentos, acciones que reenamoran y que esos “fuegos artificiales” se enciendan por un momento. Es problemática la postura del “piloto automático” en la que como ya está todo sobreentendido, se pasa a una postura pasiva. Muchos conflictos sobrevienen de aquello que se cree “obvio”. Siempre sugiero romper con lo que el otro “debería” saber o darse cuenta. No hay “bola de cristal”, hay palabras y sobre estas se generan acuerdos, negociaciones o el respeto mismo de las “no coincidencias”. Tolerar esa diferencia de ver, percibir y valorar algunos aspectos de la vida, es la verdadera aceptación de quien tengo a mi lado.
Agradecimientos:
Nota: Lic. Mauricio Girolamo. Psicólogo cognitivo-conductual.

