Martín Villalonga llegó a Chacras de Coria a los 19 años para formarse con Víctor Delhez e inmediatamente se enamoró de la provincia. Comenzó como dibujante y hoy le fascina el arte abstracto.
Entrando en su living ya puede notarse que no se trata de una casa más. Las pinturas en cada una de las paredes hablan del artista que la habita y las distintas etapas de su creación. Pero hay un cuadro que llama la atención por sobre los otros, un lienzo blanco colgado sobre uno de los muros principales. La curiosidad puede más y la pregunta se hace inevitable. Él explica con simpatía que en un principio no fue más que mera casualidad, no tenía más lugar para guardar los lienzos y los colgó allí, pero que con el tiempo se fue transformando en disparador de las conversaciones más variadas y que piensa dejarlo allí por un largo tiempo solamente para tratar de entender cómo funciona la mente humana.
Así comienza la entrevista con Martín Villalonga, el reconocido artista nacido en San Isidro, provincia de Buenos Aires que eligió Mendoza para vivir y desarrollar su talento. De niño soñaba con ser baterista de jazz pero al ser el tercero de siete hermanos sus padres lo mandaron a dormir.
“Ahí empecé a dibujar y con el arte me encontré bien, porque creo que con cualquier tipo de arte que hagas te vas a relacionar con tu interior, con lo que realmente sos”

Las técnicas que uno va descubriendo con la pintura son fantásticas, uno trabaja como si fuera un alquimista, tiene una cosa de acción que está muy buena
A los 17 años tuvo su primera gran crisis personal, lo que inesperadamente lo acercó a Mendoza. “Del lugar tranquilo donde vivíamos nos mudamos al centro de Capital Federal y ahí fue el conflicto. Conocí artistas y galerías de artes, pero no me adapté, me sentía muy solo, después de dos años de vivir allí estaba deprimido”, relató. Fue una amiga de su padre, la que conociendo su talento le sugirió que viajar a Chacras de Coria para formarse con Víctor Delhez, recordado artista del grabado. “Yo necesitaba un profesor que me sacara lo que tenía adentro, ya que si bien antes tuve un montón de profesores con ninguno enganchaba”, recordó. En ese tiempo más allá de haber encontrado a un gran maestro comenzó a enamorarse de Mendoza. “Cuando llegué inmediatamente me encontré muy bien, al poco tiempo me di cuenta que había recuperado lo que había perdido de mi infancia sobre todo la comunicación con la gente del barrio”, destacó.
Más tarde se casó con su primera esposa con quien se alejó de la provincia. “Mientras estaba con ella me fui a vivir Europa un año y medio y yo soñaba con volver a Mendoza porque siempre estuvo dentro de mí”, afirmó. Cuando volvió del viejo continente quedó viudo y al tiempo conoció a Helena, su actual compañera y madre de sus dos hijos Paloma y Fermín. “Con ellos viví en Buenos Aires hasta que cuando ya tenían 4 y 2 años me vine a Mendoza, no quería saber nada con que mis hijos se críen allá”, remarcó el hombre.
Mi cabeza es como Buenos Aires, tráfico en todos lados, encima viviendo allá era peor. Acá el ambiente me viene al pelo, me tranquiliza
Contrario a muchos artistas que nacen en la provincia y se mudan a Buenos Aires para mostrar su arte, Martín optó por encontrar su tiempo. “Allá no estaba mal como artista , tenía varios contactos y una proyección que envidiaría cualquier otro desde el punto de vista de un mercado y de un ascenso de la firma o de una posición, pero yo prefería hacer mi obra, buscar quien soy yo y en Mendoza lo encontré”, aseguró quien vino a buscar a “su Dios creativo”. “Mi cabeza es como Buenos Aires, tráfico en todos lados, encima viviendo allá era peor. Acá el ambiente me viene al pelo, me tranquiliza”, comentó
Del dibujo al abstracto
En su recorrido como artista Martín comenzó dibujando, tal vez como parte de una herencia familiar. “Fue muy fuerte el dibujo al principio, lo hacía con mucho entusiasmo, yo creo que es porque en mi familia son todos dibujante y es como que lo llevo en la sangre”, señaló. Más tarde conoció la pintura lo que le aportó el uso de otro material y del color. “Las técnicas que uno va descubriendo son fantásticas, uno trabaja como si fuera un alquimista, tiene una cosa de acción que está muy buena”, subrayó.
Cuando llegué a Mendoza inmediatamente me encontré muy bien, al poco tiempo me di cuenta que había recuperado lo que había perdido de mi infancia sobre todo la comunicación con la gente del barrio
En un momento de su carrera viró del dibujo figurativo al abstracto: “Yo dibujaba la figura humana y cuando me di cuenta que me entusiasmaba más la tensión que le ponía al trazo que a la temática, me volqué al abstracto”, recordó. Para él, el arte abstracto es una experiencia que no se puede transmitir. “Lo que pasa en el cerebro en ese momento lo entiende únicamente el que lo practica, es una sensación que no se puede explicar porque allí es donde entra en juego el hemisferio derecho del cerebro”, precisó el artista al que le fascina estudiar el funcionamiento de la mente humana.
“Las mujeres son más propensas a entender ese aspecto, a los hombres nos han metido en una cuestión más dura de resultado visible, más racionalidad y el ver para creer”, indicó.
De hecho actualmente está trabajando con estos conceptos mentales: “Se trata de una nueva serie que se llama la energía escondida. Sin querer voy jugando con la curva y la idea es hablar de eso que no se puede explicar pero está dentro nuestro”, adelantó.
A la hora de empezar a pintar un cuadro, él no planea, ni hace bocetos. “Empiezo a pintar, chorreo tachos de pintura, generalmente en el lado superior izquierdo del lienzo aunque a veces a propósito empiezo por otro lado para desafiarme a mí mismo”, contó.
Antes de finalizar Martín reflexionó sobre los caminos que lo llevaron a ser el artista que es hoy: “De repente te encontrás haciendo objetos y te vas consolidando de alguna manera y te das cuenta que sos artista y no porque pintas un cuadro, diez o mil, o porque hagas una escultura o una instalación, el artista es una forma de pensar, una forma de buscar, un investigador para toda la vida”, cerró.
Legado de arquitectos
Martín Villalonga recibió desde pequeño la influencia artística de su familia, ya que gran parte de su familia se dedicó a la arquitectura. “Mi abuelo fue un arquitecto muy conocido, se recibió en la Sorbona, mi padre es arquitecto, tengo un tío arquitecto y de hecho todos querían que yo fuera arquitecto. Pero a mí no me convencía ni un poco, yo creo que me resultaba insoportable hacer algo para alguien. Este campo es más libre, no le rendís cuentas a nadie, después te das cuenta que sirve para algo mucho más abstracto. Yo torcía las casas en mi cabeza, el arquitecto tiene que dialogar más con un cliente, eso a mí no me gusta”, comentó el artista quien a pesar de haber saltado una generación continuó con el legado familiar. “Hasta mi hija es arquitecta”, expuso.
La música en su obra
Antes de dedicarse al dibujo y a la pintura Martín Villalonga soñaba con convertirse en baterista de jazz. Si bien sus padres no le pudieron cumplir el deseo, cuando creció se compró un bongó. “Llegué a tocar en algunos boliches con algunos pianistas, caminaba por Buenos Aires a la noche y pedía permiso para tocar. Era muy caradura”, recordó entre risas. Pero más allá de aquella experiencia él utiliza la música en su obra actual. “Las vibraciones musicales siempre están presentes en mis cuadros”, aseguró.




