Silvia Celcer

Su infancia nunca estuvo ligada a las artes plásticas. Sus padres, de origen polaco, se ganaron la vida primero en el área textil y luego dedicándose a la cría de vacunos. Dicha tarea sería esencial para las futuras creaciones de Silvia, puesto que empezó a entablar relación con los equinos gracias a las largas travesías que realizaba junto a su padre, montados a caballo.

Los padres de Silvia, como todos inmigrantes, depositaron en ella la ilusión de verla realizada bajo una formación universitaria, y ella para darles el gusto se recibió de médica Psiquiatra. Hasta entonces las artes plásticas no eran un anhelo para ella, por lo que se mudó a Francia para continuar con su formación, especializándose en pulsión de muerte.

Ya instalada en el viejo continente, comenzó a tener contacto con las obras de los grandes maestros asistiendo a diversos museos y galerías de arte, pero pese a ello, su vocación artística todavía no florecía. Pese a sentirse apasionada por lo que veía,  no se creía capaz de ser una buena creadora.
La inspiración llega cuando uno se la espera, y fue de este modo como surge en Silvia Celcer su espíritu artístico. Amasando arcilla, modelando cera, soldando metales, colando resinas pudo encontrar su verdadera pasión. Ya había cumplido el deseo de sus padres, ahora cumpliría el propio. Y casi sin darse cuenta, su tiempo comenzó a relacionarse cada vez más con la escultura.

Comenzó a estudiar con Renata dal Bianco. Luego continuó su formación con los escultores Omar Stella, Leo Vinci y Edgardo Madanes.
Pese a tener estilo propio, la obra de Henri Moore, Henri Laurens, Picasso, Braque y Marino Marini provocaron en ella suma admiración, y son a las obras de ellos, donde suele consultar para encontrar respuestas a los problemas que se le anteponen en su taller.


Trabaja sin boceto previo ni modelos. Por momentos cierra los ojos para moldear la figura con sus manos o la yema de los dedos, guiándose solo por sus propias sensaciones.
Los animales son los temas que aborda con mayor frecuencia, siendo el caballo su figura predilecta.
El bronce es rígido, duro y frio a la vez, pero está en las virtudes del artista y su talento para que el espectador se olvide de estas cualidades y pueda ver movimiento, elegancia y calidez. Celcer cumple con este propósito dándoles vida a sus animales, que a su vez, están dotados de misterio y sensualidad.

Sin lugar a dudas, Silvia estaba predestinada a abandonar las ciencias médicas para dedicarse a lo que siempre tuvo que haber hecho. Porque es una artista con una enorme sensibilidad, que tiene la virtud de amalgamar la estética y el buen gusto.
Es una artista que tiene mucho por contar y seguramente, los aficionados a las artes plásticas encontrarán en su trabajo una sensación de sorpresa y agrado que seguramente querrán volver a vivir.